domingo, 6 de diciembre de 2009
Domingo de nostalgia
NOTA: vivo a 400 kms. de mi casa, hay un acueducto en España (4,5,6 días de vacaciones, depende de la cara que se le eche al asunto) y por motivos personales no he ido a pasar allí estos días. La imagen es de un día haciendo cisco.
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Domingo de nostalgia. Todo empezó por culpa de la caña de lomo. Cuando mis padres vinieron a verme, sabiendo su hija de qué estómago cojea, pues llenaron mi despensa (no tengo, pero queda más hogareño) de frutas y verduras de nuestro campo, de dulces de las manos dulceras de mi familia, de carnes y de pescados que mi madre congeló previamente en la nevera, de ¡mantecados! intuyendo que se acercaba la navidad pararon en Estepa y compraron al kilo lo que los paladares mantecadísticos de mi familia más les gusta, a mi me trajeron: mantecado de almendra, alfajores y chococrujientes, ¿puedo decir la marca?, lo siento, pero se lo merecen, la marca es El Patriarca, son mis preferidos, que me disculpe el movimiento feminista pero si lo prueban... me comprenderán, y a todo ésto, al hilo del escrito, me trajeron el queso del hombre (algún día les explicaré esta historia), jamón y caña de lomo de la sierra de Huelva.
Pues, a lo que iba, el queso y el jamón ya se acabaron, pero a la caña de lomo le quedaba el último suspiro, la tapa última y final. Esta mañana aproveché para hacer puré de calabacín, quedaba en el tabal un calabacín triste y ojeroso, pensé que era el momento para pasarlo a mejor vida, porque comenzaba a arrugarse y entre embadurnarlo con crema antiarrugas o meterlo en la olla, opté por lo segundo. Llegó la hora de alimentarse, porque el estómago empezó a cantar por soleá y no de una manera muy afinada, mientras puse a calentar el puré, observé la caña de lomo que colgaba de la pared y decidí despedirme de ella este domingo de diciembre, así que mientras el calabacín cogía calor yo me comía las rodajitas de caña de lomo, acompañadas por roscos y una cervecita Cruzcampo. Fue ese el momento, en el que unas lagrimillas afloraron en mis ojos.
¡Madre mía!, exclamé. ¡Madre mía!, volví a exclamar. Pero mi madre mía no atendía mis plegarias. A continuación la escena que empujó la lágrima. Yo aquí, y allá, la familia estará pasando el día en el campo, el sol entrando por la puerta del salón, la candela encendida, alrededor seguramente estén mi abuela y mi hermanita haciendo labores, mi hermanaza leyendo el periódico, mi madre dándole meneo al potaje, mi padre haciendo el cisco, porque esta semana estaban de poda y en mi casa se sigue usando la copa de cisco, mi “cuñao” (no sé por qué, pero con esta palabra me siento estúpida) paseando a lomos de Sofía, mi yegua de mis amores, y yo, comiendo caña de lomo con cerveza mirando por la ventana... pero ni veo una yegua, ni hay una chimenea humeante, ni un potaje en el fuego. Llegará la hora de comer, pero antes, seguramente mi padre corte algo de chacina, sirva mosto en vasitos pequeños y ofrezca al personal, “¡papá, aquí, sí, tu hija, la del medio, que quiere mosto, que quiero mosto!”, pero no me escucha, o sí lo ha hecho, incluso a lo mejor me ha servido un vasito a mi salud, lo ha dejado a un lado en la mesa, y quizás cuando terminen de comer, me recuerde, y pensando en mi se beberá el trago de mosto. Aclaración: el mosto de aquella zona no es sin alcohol, tiene poco, porque es de la vendimia de septiembre, es de un color verdoso amarillento, y si viene de un buen dueño ese caldo es muy rico. Pues nada, ahora comerán el postre, seguramente sean naranjas de La Tejita o de El Silvao, esas naranjas a ver cómo puedo describirlas sin equivocarme, esas naranjas una vez han sido desnudadas de su monda, lo que te queda en la mano es una bolsa redonda que guarda zumo de naranja, si la pinchas, explotará del caldo a presión que guarda en su interior, es una explosión de líquido anaranjado, super ejercitadas, todo es pura fibra, todo es puro zumo. ¡Ay, de lo que me estoy acordando!, más dolor, jaja, ayer cogieron fresas, así que seguramente estén deleitándose con las primeras fresas. Bueno, me acabo de meter un mantecado enterito en la boca, a ver, si con la sensación de ahogo evito la nostalgia que me está martilleando mi corazoncito. Me comí el puré, me ha salido muy bueno (jaja, es cierto, si fuese lo contrario también lo diría os lo aseguro). Después de la comida, ¿saben que es muy típico los domingos en La Marisma? (el campo donde están los animales, los árboles, el saloncito...), el paseo por los árboles, normalmente lo hacemos mi madre y yo, consiste en rodear los árboles para hacer mejor la digestión, para que el solecito te dibuje una sonrisa de “qué a gustito estoy”, para que las manos cojan aire fresco, para que la nariz le diga a los pulmones “ay qué ver, cuánto os quiero”...
Después llegará la hora del café, seguramente hayan compartido más personas el domingo en La Marisma, pero además, en esta hora se completa el calor humano con más titas, titos, primos, amigos... o iremos nosotros (qué tonta, o irán ellos), o irán ellos, a casa de mi tía Mercedes que está a unos diez minutos paseando, el fin es que con el café que evidentemente estará acompañado por los nuevos dulces hechos por las manos dulceras de casa (dulce de calabaza, dulce de sidra, mazapanes, gañotes, etc.) se ponga punto y seguido a una vida de latidos al calor de la lumbre, del campo, de las preocupaciones y de las alegrías.
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