jueves, 22 de abril de 2010
"La máquina ha venido a calentar el estómago del hombre pero ha enfriado su corazón", Miguel Delibes
No es imposible,
quiero decir...,
es posible.
Se necesitan dos manos,
no más,
se necesita voluntad,
no menos.
SOBRE EL LIBRO ACABADO
Recién acabé un libro, es bello acabarse un libro, es como alimentar la vida de otras vidas, estoy hablando de libro de historias, no de libro de ensayos. El alimento del ensayo es diferente, cambia el ritual de la comida de estas letras, completamente diferente la digestión de la lectura. Este libro es Las ratas, de Miguel Delibes. Me recomendó este libro, Lutgardo, hace años, recuerdo perfectamente el momento, me resulta muy curioso el acordarme tan bien, pues fue una persona que pasó de puntillas por mi vida. Era pequeña, de esas tardes que acompañaba a mi padre en la nave de las fresas, me llevaba los patines, y en ese liso suelo rojizo, daba vueltas, y vueltas, y más vueltas. Él se encargaba del papeleo, trabajaba en la oficina, era una persona que resaltaba dentro de la cuadrilla, pues era tan blanco de piel, sus gafas redondas, su hablar pausado, sus manos suaves, tan diferentes a las curtidas manos del campo. No sé cómo ni a cuento de qué, pero me recomendó este libro, siempre estuvo en mi cabeza, Las ratas, Las ratas, Las ratas. En los paseos libreros, de ésos en los que no llevas lista de libros, me refiero a una lista física, pero si tienes una perenne lista de libros en la cabeza, ésta siempre es más pasional que cerebral, por lo que es más de agradar. Pues Las ratas me huían, y no fue hasta hace unos meses, en uno de los paseos sevillanos con mi hermana mayor, cuando Las ratas salieron del subsuelo y se posaron en mis manos, y mi hermana que conoce el brillo de mis ojos lectores me dijo “te lo regalo”. Una belleza de la vida: un libro que deseas poseer y lo consigues, una plus-belleza de la vida: un libro que deseas y es regalado, una plus-belleza al cubo: que ese libro tenga dedicatoria.
Ya está la obra dentro mía, ahora continúa el proceso digestivo, recordarlo u olvidarlo. Si lo recuerdo cuando pase el tiempo significará que será colocado en el primer estante de mi futura biblioteca, significará que durante la vida haré referencia a algunos de sus personajes, principalmente a El Nini, ese niño paciente que nació y vive con la chispa del bien mamado y de la sabiduría obtenida de manera natural, nada forzada, de esas personas que sin querer entran en los corazones, no hace falta que pidan permiso, nunca te encontrarás en actitud de alerta hacia él, de esas personas que tienen clase, como describía M. Vincent hace unas semanas en su artículo Tener clase, “ese toque de distinción, que emana de sus cuerpos, son ellos los que purifican el caldo gordo de la calle y te permiten vivir sin ser totalmente humillado”. Si lo olvido, será o porque no disfruté desde el comienzo de la digestión, por lo cuál quedará memorizado como libro rumiado, aquel que necesita de una segunda lectura obligatoria, si olvidé detalles de su contenido y disfruté durante su lectura, quizás será porque el autor escribía como los ángeles, si lo olvidé del todo, seguramente será porque no lo leí, lo hojeé, pues mis ojos avanzaban en los renglones pero mi cabeza estaba muy lejos de esas páginas.
Tengo la sensación que El Nini no será olvidado, ni El Ratero será olvidado, me da que tendré que leer este libro más veces, para recordar las cosas importantes de la vida, como pueden ser la integridad, la dignidad, la paciencia, la labor y el esfuerzo.
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