Al mundo no le interesa mi abuela

De todo un poco y de nada un mucho.

lunes, 1 de febrero de 2010

La magia de una habitación propia

Van Gogh's Room at Arles, 1889


La magia, la no magia. Saber que puedes cruzar una línea que has dibujado, un simple trazo que divide dos estancias, dos realidades, dos invenciones, dos yoes. Sentirte segura en un hueco que sólo uno mismo conoce, un hábitat en el que tu imaginación no atiende a correcciones, ni a convencionalismos, ni a lo que se espera de uno. "La magia es un puente que te permite ir del mundo visible hacia el invisible, y aprender las lecciones de ambos mundos", P.Coelho.
Hay ciertos espacios donde dejarse llevar por el latir de la vida misma no consiste en una actividad ejercitada, en un ejercicio predeterminado. No es hasta que ha pasado un tiempo cuando caemos en la cuenta que hemos sido dulcemente absorbidos por un quehacer. Actividades que atiendan o no a obligaciones, que atiendan o no al disfrute, son acciones que nos alejan del todo y nos acercan a nosotros mismos. Momentos dedicados a un algo, que cuando finaliza, ya sea con coma, punto y coma, o punto y seguido, nuestra persona se siente ligera, tanto es así que al caminar sientes como las suelas de los zapatos se separan del suelo unos siete centímetros y medio  aproximadamente, sonando pasos flotantes.
Debe declararse un nuevo derecho: el derecho a disfrutar de un espacio único, de uno mismo y nadie más, un lugar donde poder enfrentarnos a nosotros mismos, un habitáculo de paredes de aire, de cartón o de ladrillo donde sentirnos acompañados por la soledad, una soledad que desconoce de vacíos, de frialdad, de rincones sombríos, que consiste en una invitación a adentrarse en la oquedad izquierda de nuestras costillas y a desmadejar la amalgama de circunvoluciones cerebrales. Debe declararse un nuevo deber: el deber a enfrentarnos a nosotros mismos, el deber de vivir en un desciframiento continuo de nuestros sentires, de nuestros pensamientos, de las reglas del juego de la vida, por qué son éstas y no pueden ser otras, el deber de estar sólos, con la compañía de uno mismo, sintiendo a veces como nuestro dedo índice taladra un poco nuestro yo.
En la tarea del ser ser, nos encontramos con una nueva característica, la necesidad de la existencia del espacio a la intimidad. Opino que es necesario un hueco en el que no exista bajo ningún concepto la obligación de que otro ser entre. Cuando la confianza aflora desprendiendo el más embriagador de los olores no existe necesidad de “los pelos y las señales”. Algo así como una habitación propia, he recordado la obra de Virginia Wolff que se titula tal cual Una habitación propia, aunque su discurso gire en torno al papel de la mujer en la sociedad, tiene bastante en común pues reivindica un espacio donde uno poder ser con independencia, donde poder sentirse sin ser juzgado más que por quien habita el ser de uno mismo. No hemos de sentirnos obligados a desnudarnos ante la exigencia de una persona que llama al amor mientras abriga el egoísmo. ¿Dónde queda la magia de explorar un alma que se resiste capoteando a mostrar sus tesoros?
Uno tiene toda la magia en su haber, la puede guardar en un puño, en una caja con llave o en una isla desierta. Lo mágico de la magia es que su máquina de producción es la imaginación -que aunque últimamente sufre censura e incluso el peligro de extinguirse- cada uno de nosotros, pequeños seres, tenemos nuestro código secreto. Además de transitar continuamente el puente de la magia, me apunto a la maravillosa sensación de hacer puenting en el puente mágico.

1 comentario:

  1. Estoy más de acuerdo con el nuevo deber que con el nuevo derecho... aunque la verdad es que no creo que sean nuevos. Y sin embargo esto encierra su propio peligro. Porque los criterios de la soledad, si estan desenfocados, pueden ser tan mordaces como los de la peor de las compañias. Si, pero siempre es mejor experimentar esa habitacion propia antes de experimentar la habitacion compartida.

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