miércoles, 17 de febrero de 2010
¿Zapatero?
Shoes, Van Gogh
¿Escuchan las calles? Prueba a sentarte en un umbral de una calle transitada, cierra los ojos y concentra tu sentido auditivo en la percusión de los zapatos en el suelo, un poco más, concéntrate un poco más, ahora sí, disfruta del concierto.
Los conciertos de las calles varían con el tiempo, las décadas al igual que traen distintos tipos de música también traen distintos tipos de pisadas, prevalecen unas, mueren otras, resucitan aquellas olvidadas, las que se creen originales... o caminan orgullosas o se tornan temerosas,etc.
- ¡Atento! ¿Oyes este instrumento que se acerca? Sí, efectivamente, se trata de la armonía por excelencia, una pareja de ancianos agarrados del brazo desfilan con la sonrisa del pasado conquistado y del futuro apacible. Ey, que lindo el redoble del que se acerca por la izquierda, sí, lo sabía, un corazón verde, tan verde que la semilla está bostezando del reciente despertar, magnífico, sus pasos indican que su mirada encandila por el brillo de sus pupilas, ¿hacia dónde camina?, hacia todos lados, observa lo que va a suceder..., ¿ves la valla que se cruza en medio de la calle rodeando el agujero de la obra?, ¡alejop!, lo sabía, ha saltado por encima de la valla, "¡adelante amigo, no dudes de tus pies". Qué te ocurre. Claro, ya sé, el concierto comienza a ser repetitivo, ninguna novedad, todos son ritmos cansinos, sin novedad, sé qué concierto escuchas; seguro que te hayas en una calle urbana del S.XXI de un país desarrollado, ¡qué aburrido!, ¿cómo qué compraste esa entrada?, te la regalaron seguro, bueno, sé paciente, puede que cuando menos lo esperes aparezca algo fresco, ¿¡qué llevas una semana de concierto y siempre los mismos instrumentos, las mismas partituras...!? Dime, descríbeme lo que escuchas.
- Escucho... rutina, miedo, homogeneidad, sonrisas tímidas, sentimientos falsamente exaltados, disfraces, pasos arrastrados y tacones con complejo de platillo...; huelo miles de fragancias y todas son iguales, incluso siento como los pasos se asfixian con sus propios olores; hay quienes caminan descalzos pero no porque sus zapatos le hagan rozaduras y así caminen más libres sino porque tienen como moda tener como suela medio centímetro de mierda; sí, de vez en cuando pero muy de vez en cuando oigo a lo lejos algún instrumento seguro de su armonía, pero lo que a lo lejos se siente fresco, cuando se va acercando torna templado, debido a la zancadilla que algún paso del montón le hizo, y cuando se va alejando ya huele a podrido, porque tras la caída en vez de caminar erguido optó por la joroba; esta mañana me concentré en los pasos de los pequeños, tras cuatro horas de concentración en los instrumentos infantiles comencé a llorar, fue un ahogo descubrirme rodeado de pies pequeños, de dedos rosados chiquitos, abrigados con calcetines, refugiados en un par de zapatos, que se arrastraban por el suelo, no saltaban, no corrían, cada paso parecía el sonido de un güiro triste, aún recordarlo me ahoga el alma; era más feliz cuando no escuchaba los conciertos de los pasos.
- Tranquilo no llores, sólo te invité para que pienses cómo poder alegrar las melodías de las calles que te rodean, sé que tu cumpleaños es mañana, que estás agobiado porque tus pasos también se han tornado rutina, porque no sabes qué hacer, porque no tienes trabajo, por ello me preguntaba si te gustaría trabajar para mí.
- No es que no confíe en tu persona, pero quisiera saber cuál es la tarea en la que quieres contratarme.
- Abre la maleta roja que tienes a la derecha.
- No..., ¿zapatero? No es que no me guste, bueno, da igual, no tengo nada, me ofreces algo, no lo voy a rechazar.
- ¿Zapatero? En qué parte del contrato aparece tal profesión, mira, en la maleta hay como diez pares de zapatos, todos están afinados, cada cual produce un sonido único, tu mandado va a ser caminar por las calles de tu alrededor despertando con tus pasos los tímpanos polvorientos de los transeúntes del S.XXI, incluso podrías llegar a conseguir que sus pasos repiqueteen, que salten, y que descienda el número de zapatos estropeados por el desgaste de las suelas, no fruto de los kilómetros recorridos, sino de cargar con un alma pesada, triste y aburrida.
- Gracias, prometo no defraudarte.
- No tienes que agradecerme, lo que debes hacer a partir de ahora es trabajar para no defraudarte a ti mismo.
- Gracias.
- A ti.
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Otro texto precioso. Es impresionante tu faceta poética.
ResponderEliminarY, a parte, tienes un don (bueno, quizá muchos). Tú abriste una maleta roja.
Gracias por recordarme por qué merece la pena caminar a mi propio ritmo.
Gracias a usted por ser vos.
ResponderEliminarsin más comentario: PRECIOSO
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