martes, 27 de abril de 2010
Diarieando... + Amaste las paredes de tu infancia con tanta obsesión
Me encontré en un precipicio que invitaba a mis posaderas a sentarse, pensé, no debo sentarme ahí, es peligroso, nadie sabe que me encuentro aquí, si me caigo, el suelo que finalmente me aguardará, lo hará con mi cabeza hecha un rompecabezas, además, no me despedí. Entonces volví a pensar, pensé en no pensar, sin darme cuenta, me encontraba con mis posaderas en el precipicio, mis piernas balanceándose tan alegres, mis ojos, desplazados por ellos mismos y por la cabeza, intentaban atrapar la belleza del lugar en ese recorrido de trescientos sesenta grados que te permite el cuello (no en plan niña del exorcista, sino giro en plan “dal sela, pulil sela”). La conclusión que pude sacar de los pensamientos que acudían, que intentaba desarrollar, los sentimientos que aparecían, que intentaba descifrar, es que somos hormiguitas en tremenda creación. ¿Para qué tanto, si lo pequeño es tan hermoso me pregunté? A esa pregunta le vino otra, ¿qué es tanto, cómo medir esa cantidad? Me contesté, pues tanto es lo mejor, lo correcto, pero no conseguía aislar mis cavilaciones del mundo de los terceros. Intentaba callar todo lo que tuviese que ver con lo que me rodea, ansiaba encontrar mi respuesta, mi mejor, mi correcto..., pero siempre aparecían terceros. No sé si soy para mi o para los demás. Siempre he creído que el verdadero sentido del vivir reside en la combinación perfecta entre uno mismo y las personas que quieres (de manera más cercana y no tan cercana porque yo quiero a la humanidad).
Aún no soy, pero nunca espero dejar de ser, al menos mientras viva, debo empezar a escribir mi propio credo.
Veo una bella luz al final del camino, por lo que tengo que seguir colocando un pie delante del otro, ya sea andando, corriendo, tropezando o haciendo el pino.
Acompañan a esta descripción de un momento del día de hoy, unas palabrejas de hace unos años, las recordé por lo de hacer el pino.
Amaste las paredes de tu infancia con tanta obsesión
Amaste las paredes de tu infancia con tanta obsesión
que no puedes despegarte de ellas,
la caja de herramientas desapareció
y tus manos desprotegidas desconocen el pomo que abre la puerta,
odioso mundo el del bricolaje
que te sugiere herramientas que nunca encuentras,
inútiles laberintos que siempre tienen una puerta abierta.
Suframos las desgracias de lo bello
y la belleza de la maldad,
nos ahogamos en un vaso vacío
y buceamos en madejas ebrias,
añoramos que nos despierten largos cabellos
encontrándonos con calvicies aceitosas.
He subido los escalones de dos en dos
y se me ha roto el pantalón,
a continuación he bajado de medio en medio
y se ha despegado el tacón,
decidida a no subir ni bajar más
me he resbalado en el liso mármol,
ahora me desplazo haciendo el pino,
ya no me caigo,
es el mundo el que anda borracho.
Cantaste en el monte del silencio
qué simple desafío,
desentonas en el monte de la multitud
no es valentía si de payaso vistes tú.
El tiempo pumpumpea encima de mi cabeza
me chiva que ya es hora,
que el sofá me pesa,
absurdo cascarrabias todo el tiempo temporizando
para qué tantas alarmas si nadie le hace caso.
El mundo va a explotar cuando menos lo esperemos
quien sabe si al salir de la habitación te picará un cangrejo,
no cojas la moto que te coja mejor ella
anda por la derecha que por la izquierda caminan los porretas.
Obsesiones que nos muerden
el botiquín a la espera,
caducándose siempre los fármacos
que protege en su nevera.
El agua desoxigenada,
el alcohol consumido por el borracho,
las aspirinas vendidas como tripi,
el betadine siempre espachurrado.
Quien te invita a una cena
se olvida de encender las velas,
debe avisarte si hay velas
porque si no te quedas a dos velas.
Imaginas imaginándote
y nada de lo que imaginas se presenta,
maldita imaginación
que el dócil cazurro nunca espera.
Temor de la élite que el plebeyo neuronee
por ello absorben neuronas,
mutilan sus pasos,
materializan sus almas,
droga, droga, que las tarjetas chispeen.
Oh plebeyos ignorantes
creéis merecer un altar,
cuando vagáis en la vacuidad
siendo el nicho vuestro altar.
Que sí, que sí
que no, que no
que siempre vence
el corazón.
¿Ilusa yo?
tu halago tartamudea mi corazón
¿ansiosa yo?
de placer inagotable
¿acaso hago daño a alguien?
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